Wednesday, April 22, 2015

Invítame a entrar
(borrador)
Isadora Montelongo

Carolina cierra la puerta, después de sacar la llave del cerrojo, se asegura que la perilla no gire más, sale apresurada, con los cabellos recién duchados,  las mejillas de un color pálido y los labios sin una gota de labial. La veo sin que diga una sola palabra matutina de su boca, un adiós temporal o un dios te bendiga para siempre. Vuelve puntual a las cinco de la tarde,  sus tacones hacen un ruido peculiar cuando regresa de una larga jornada laboral, se arrastran como si fueran un pequeño trueno sobre el asfalto. La miro con el rostro cenizo del cansancio, la ropa arrugada y con la falta de crema en sus manos; introduce la llave en el cerrojo y gira la perilla, abre la ventana que no se ha abierto desde que ella salió en la mañana, la casa parece inmóvil desde que ella sale. No es la mismas atmosfera cuando ella sale, tiene un aroma peculiar, tal vez sea causa de sus infortunios, Carolina huele a leche derramada, tibia que se extiende por el cuerpo y  alimenta  a cualquier que esté carente de una sensación dulce y tibia. El aroma debe venir de sus pezones que hasta hace poco lucían más hinchados que de costumbre. No tuvo qué decirlo, tuve sólo que mirarla por las mañanas y después de regresar del trabajo para asegurar que esperaba un hijo; los botones de las blusas se abrían un poco de cada lado, mostraban un brassiere apretado, jugoso de carne blanca que cualquiera que la viera asomarse de entre las aberturas de la blusa, podía desear.
Carolina se recuesta sobre el sillón de la sala, se levanta y abre el refri, no cocina nada, sólo deja la mano buscando al azar algún producto lácteo. Se recuesta sobre los huesos que se le han marcado más en sus caderas anchas. Carolina ya no es aquella muchacha que salía al patio y se recostaba sobre el césped recién cortado, con los pechos apuntando al cielo, con la forma puntiaguda que hace a la boca ajena forma de chupón, ya no ríe hasta convertir su risa en una carcajada que sale de las paredes al exterior de la casa y se le puede imaginar con las piernas abiertas y acaloradas por el verano. Carolina se hizo para adentro, tan adentro que es mía cuando la veo, la pienso, la miro desde la ventana de casa, donde con cruzar la calle, la sé más de lo que ella se sabe a sí misma.

Fue una tarde de agosto cuando por primera vez sentí lo que ella sintió, estaba justo en la ventana, en la penumbra viendo al exterior, la calle era una alarma de ladridos, los perros se reunían sobre la calle, ladrando a la puerta de Carolina, los gritos entre ella y un hombre alto, de algunos años encima, no se dejaron esperar. Él azotó la puerta, ella, la volvió a abrir y cuando salió a la calle, forcejearon. Un impulso me arrojó hasta la calle, frente a la escena. El tipo salió corriendo y esa fue la primera vez que estuve frente a Carolina, la llevé adrentro de su casa y tomamos un poco. Terminamos en su cama, con la ropa totalmente fuera de encima y desde entonces, jamás volvió a mirarme, ni siquiera para unos buenos días. Ahora Carolina sale de casa todas las mañanas y regresa a las cinco de la tarde, espero a que gire la perilla y vuelva a ofrecerme lo que hay dentro de su casa. Tan adentro como fui con ella ese día.

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